Jani Dueñas lo tenía todo para ganar. Una rutina aplaudida a nivel internacional, una voz conocida en televisión y radio, su paso por “El club de la comedia” y el respaldo de un público adulto joven que la alentará hasta el final de sus días. Pero todo terminó en frustración nivel “no está conectado a internet“.

Porque Dueñas pasará a la historia como la mujer que despertó al monstruo que dormía plácidamente desde la fallida gaviota de platino a Mon Laferte. Un monstruo al que echábamos de menos, pero que llegó con efecto retardado.

Para efectos de este relato, hay que contar la historia desde el principio y no situarse solamente en “la rutina estuvo fome y punto“, que fue el consenso tanto de la Quinta Vergara como del monstruo tuitero. Todo comenzó a las 23:30 de anoche, cuando Marc Anthony cantó “Vivir mi vida” y luego se fue. Pese al reclamo habitual contra el número que alarga la transmisión del festival, el público esperaba que el salsero cantara hasta la medianoche, tal como lo haría cualquier headliner del certamen con trayectoria. Lo que el monstruo no sabía era que el setlist promedio de Marc Anthony consta de un máximo de 15 canciones y que hace tres días hizo un concierto en Nueva York. El Google no es sólo para leer Wikipedia, buscar memes o hacer preguntas estúpidas nivel Yahoo Respuestas.

Cuando se confirmó que Luis Miguel no estaría en Viña y al mismo tiempo se anunció a Marc Anthony, la palabra más comentada fue “reemplazante”. Error. El artista apareció en escena caminando como si lo fuera a apostar todo en el black jack, con los lentes de sol puestos y un broche con cadena que lo convertía en un gángster de la salsa. Tras un “Valió la pena” en el que bajó la tonalidad para cuidar su voz en el arranque, el cantante se sacó los lentes y volvió a ser un mortal.

Porque Marc Anthony no es esa clase de persona que pide cortinas negras, procura mantener a fanáticos y periodistas a un kilómetro de distancia y vive peleando con el sonidista. Marc Anthony lanza besos, guiña el ojo, se pasea sobre el escenario con un oso de peluche que “pesa más que yo”, se saca selfies y baila salsa con las seguidoras que burlan la seguridad de la primera fila. Le habla a Dios con esa devoción limpia que poco se ve por estos días y convierte el agua en vino, algo que queda demostrado en “¿Y cómo es él?” de José Luis Perales. Es una catarsis de teleserie latina. Llega a tal punto que Cami, Becky G y hasta Constanza Santa María se suben a los hombros de sus compañeros del jurado.

“Yo no hablo mucho, vine a cantar”, dice Marc Anthony, diferenciándose de la nota predicadora (y altamente politizada) de los artistas latinos del mainstream. Simplemente ama y agradece. Pero el Ceniciento de la salsa deja descolocado al monstruo. A las 23:10, ya tiene las dos gaviotas en su poder y el monstruo teme lo peor. “Vivir mi vida” es el tema con el que concluye la salsoteca refrigerada de la Quinta Vergara y el público cree que están echando a su ídolo para que el festival no termine tan tarde. Así fue como “La Gozadera” se convirtió en “La Pifiadera”. Un incendio que ni Gloria Gaynor hubiera podido frenar con el recordado “quita fuego”. El backstage festivalero se transformó en una sucursal de la Onemi y para calmar al monstruo había que usar la vieja confiable, tal como Dino Gordillo en la noche anterior: poner a los dos nuevos galanes de la canción (Carlos Rivera y Sebastián Yatra) y al profesor Humberto Gatica explicando cómo debe comportarse el público en un show. No hubo caso.

Y aquí es donde volvemos a Jani Dueñas. Ingresó a las 23:48, caminando a paso firme. Presenta su currículum ante la Quinta Vergara y habla de su labor en “La divina comida”. Las referencias sobre algunos concursantes logran callar al monstruo por unos instantes e incluso recuerda la participación de María Luisa Godoy, la dueña de casa, enrostrándole sus “tallas ordinarias”. Logra un tibio apoyo al mencionar “31 minutos”, pero al confesar que le cargaban los cabros chicos que la perseguían en los shows, el monstruo que entiende la maternidad como fundamentalismo se recupera de la resaca post salsoteca.

Estoica (aunque negligente) como el capitán del Titanic, la comediante que fue alabada por la prensa internacional intenta sostener su rutina hecha de naipes. Pero el público no tiene idea que existe una página llamada Vulture —que a todo esto es “buitre” en inglés— y con suerte lee una vez al año los títulos de la revista Time. Al hablar de feminismo y sexualidad a los 40, las pifias aumentan. El público no es el del pañuelo verde, no pagó una entrada para escuchar hablar de la sororidad (que en Chile opera bajo los cánones de la conveniencia) y no va a adherir a eso de “es difícil ser hombre” si acababa de gritarle “mijito rico” a Marc Anthony. Faltó esta lectura, que sí hizo Natalia Valdebenito con el público de Alejandro Sanz. También lo hizo Alejandra Azcárate, que vino desde fuera con la idiosincrasia chilena bien estudiada. Pero no hay que confrontarlas, sino entender el contexto y el contenido. Faltó y fue fome, nada más.

Los animadores acuden a los 35 minutos tras un pedido de la propia Dueñas, que seguía firme, sin derramar lágrimas de lástima como el humorista que la antecedió. “Me devuelvo al bar donde sigo haciendo mi trabajo”, dijo. Incluso se enfrentó en la conferencia de prensa ante Raquel Argandoña, quien se metió a la carpa de prensa para hacer un remix entre “La Quintrala” y “60 Minutos” delante de periodistas con título y más ética que ella.

“Tengo entendido que la producción te dijo más de cuatro veces si querías retirarte del escenario y tú no quisiste”, le preguntó a Dueñas, cuya respuesta fue una negativa. “¿Pensaste revertir tu rutina para que el público te aceptara?”, insistió Raquel, vestida como la tía malvada de Paulina Rubio. “Uno siempre piensa en eso, Raquel. Si estás haciendo tu pega estás tratando todo el tiempo de remarla”, le contestó la comediante, con la claridad de alguien que sabe que no es el fin del mundo y que seguirá llenando salas con un público más experimentado que el de Viña. Y con más neuronas activas que las del Cuchillo Eyzaguirre, evidentemente.

Lo que siguió no importó demasiado en términos de redes sociales, pero el monstruo andaba en busca de las sobras. Se quejó por las notas que les pusieron a Benjamín Walker y Destino San Javier en la competencia folclórica. El resto fue David Bisbal, la prueba viviente de que un talent show sí puede asegurar tu jubilación. Vestido de traje blanco, el oriundo de Almería acarició la mejilla del monstruo con su voz gitana, calmando las ansias después del banquete. Juntó tantas banderas en su cuello como el frontis de un hotel cinco estrellas y se fusionó con un Yatra que aspira al rol perfecto para su vejez: ser el secretario de la OEA.

No fue casual que la noche más movida de Viña 2019 ocurriera en las horas previas al 27-F, guardando las proporciones al hablar de una tragedia. Habrá que aguantar a Dino Gordillo y a un resucitado Ricardo Meruane en los paneles/enlaces/notas de los próximos días. Pero hay que recordar dos cosas: Jani Dueñas seguirá en Netflix, lugar en el que los antes mencionados no existen. Y el control remoto tiene varios botones, como el “power”, el “mute” y el “channel”. ¿Los conocen?.