“Nervadura”, de Roberto Oropeza: Versos de savia fresca para follajes marchitos

El poemario del autor boliviano, publicado el 2020 por Vísceras Editorial, viene a ser un aporte de la poesía del país andino y una interesante propuesta de un poeta que, habiendo publicado anteriormente en Chile, cultiva un estilo muy contemplativo, con imágenes de la Naturaleza, con evidente influencia del chileno Jorge Teillier.

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Es un hecho conocido la magra circulación de literatura latinoamericana en Chile. Más allá de los fenómenos editoriales, que traspasan fronteras mucho más allá de la región y son editados en Europa y otros continentes, la narrativa y en especial la poesía de países vecinos pocas veces llega a Chile y es muy difícil acceder a voces interesante latinoamericanas.

Dentro de este triste panorama, la poesía boliviana tampoco se resta. Si bien figuras como el poeta de la nación andina Homero Carvalho tiene muy fluida relación con nuestro país (tanto en amistades como viajes del poeta a Chile), otras posibilidades de leer poéticas bolivianas sólo se restringen al valioso esfuerzo del poeta chileno René Silva Catalán, que tanto en encuentros en La Paz o con la publicación en su editorial Andesgraund de voces andinas nos brinda este acercamiento de las letras de Bolivia.

En ese contexto, se celebra que Vísceras Editorial haya publicado el año pasado el poemario “Nervadura”, del boliviano Roberto Oropeza, tanto por lo méritos estéticos de esta obra como por su propuesta de estilo, que él mismo ha diferenciado de, por ejemplo, la figura del poeta Carvalho, de otra generación y registro poético. Resulta, entonces, un aporte de nuevas voces en la poesía para disfrutar en Chile.

Roberto Oropeza (1986) vive en Cochabamba, ciudad enclavada en un cálido valle boliviano. De profesión economista, además de la literatura cultiva la edición literaria independiente, con los sellos Yerba Mala Cartonera y La Urbe Amarga. Su relación con Chile, así como sus poemarios publicados, no es reciente. Su primer poemario, “Invisible Natural”, data de 2009. Posterior a ello, publica en diversas antologías, una de las ellas de Editorial Cinosargo, que pertenece al poeta chileno de madre peruana Daniel Rojas Pachas. Asimismo, obtuvo el primer lugar en el X Concurso de Poesía para Jóvenes- organizado por la Cámara Departamental del Libro de La Paz, La Fundación Pablo Neruda y el Consulado de Chile en Bolivia- por su poemario “Ferro”, el cual fue publicado en nuestro país en 2018 por Ediciones Libros del Cardo, que dirige la poeta Gladys González en Valparaíso.

“Nervadura” fue producto de una convocatoria de edición de poemarios de Vísceras Editorial. Tanto la obra de Roberto como “mundo a escala”, de la poeta venezolana residente en Chile Fergie Conteras, fueron los libros seleccionados.

Llama gratamente la atención en “Nervadura” la identificación de las emociones del poeta en la Naturaleza, en particular la flora arbórea y ciertas plantas específicas, que son empleadas por Roberto en imágenes poéticas que guardan una cadencia y temple anímico sereno y melancólico. En este sentido, y tal como lo confirmó el mismo autor en la presentación virtual de su poemario, él es deudor y reconoce influencia del chileno Jorge Teillier, que cultivó la poesía lárica, con profunda identificación de la Naturaleza y una nostalgia por el paraíso perdido de la infancia, la aldea primigenia a la cual nunca se puede regresar y se vislumbra en las emociones tristes que evocan los versos.

Los árboles de la mente son negros”, es el verso de Silvia Plath que introduce como epígrafe al poemario. Por cierto, otra de las características que sorprende del presente poemario de Oropeza es su obsesión con el tema de la muerte o la caducidad vital, articulado tanto en las relaciones amorosas marchitas o en el desencanto de la vida misma.

Comeremos flores de loto/ para que los recuerdos se hundan en el estanque/ bajo las hojas muertas”. Estos versos del primer poema del libro son impregnados de una nostalgia pesimista, muy expresiva. Y avanzado el texto- los poemas de “Nervadura” no son extensos-, alude al aislamiento desplegado en escenarios de trastornos psiquiátricos: “para que el mundo sea una gran habitación blanca/ con paredes acolchadas/ y las enfermeras nos saquen a pasera a mediodía”.

Este pesimismo también es abordado de forma sutil en cuanto al irrevocable paso del tiempo: “Las flores marchitas que son llevadas/ de un lado a otro por el viento (…) un recordatorio de lo inevitable/ en la fugacidad de las estaciones”.

En la influencia de Teillier se aprecia tanto el temple nostálgico como referencias directas a la infancia, ese paraíso irrecuperable: “La niebla confunde a los barcos de papel/ que no llegan a puerto/ por más lazos que arrojemos al mar/ los días de nuestra infancia/ están perdidos en su palidez/ y se hunden al acercarse a nuestras manos”.

Otra característica de la presente poesía de Roberto es su simbolismo del fuego (“Flores amarillas/ como un incendio al anochecer”), que si bien en ocasiones es significado de caducidad en otros abre un giro de sentido hacia textos más optimistas:

Sin nos quedamos callados

es porque estamos recordando

lo que alguna vez tuvo sentido para nosotros

 

entonces suspirar es un modo de aceptar la pérdida

 

mientras la cima de estos cerros

nos ocultan de nuestro temor y nuestra carne

el viento teje sus remolinos

 

todavía nos queda chipa y brasa.

 

Se enciende el fuego.

Noto también, en relación con otras figuras poéticas constantes en “Nervadura”, un parentesco con Teillier en los elementos simbólicos de espejos, vidrios que reflejan y fotografías antiguas, sea en los tópicos de identidad, reciprocidad y distorsión de imagen, así como en el devastador paso del tiempo:

ASTILLA

Nuestra historia la podemos encontrar en esa fotografía

donde parecemos entendernos sin hablar

porque lo retratos no necesitan palabras

 

solo el color palidece

hasta quedar como nuestra memoria

absolutamente en blanco.

Evidentemente, los temas del desencuentro en los afectos y el olvido también están muy presentes en la poesía de Oropeza:

PUENTE DE MADERA

Si los extremos están separados

quedará el lecho del río

 

territorio que transitamos

de piedra en piedra

para encontrarnos y no decir nada.

Los poemas de Roberto en este libro son escuetos en uso del verbo, podría decirse que se emparentan con la corriente que proclama la economía de las fuerzas creadoras, pero no por ello pierden en potencia semántica y expresiva. Más bien son de una intensa concentración, rasgo de su estilo como de uno de los tópicos que aborda en “Nervadura”, esa violencia contenida en la Naturaleza: “Desde la raíz a la hoja más alta/ hay una violencia difícil de explicar”. Por cierto, las imágenes de árboles aluden a lo humano, al ciclo vital en algunos poemas, así como de la intensidad silenciosa del desencuentro:

Entre la madera y las termitas

solo permanece esta frase

que se parte como leña para la noche

antes que el sonido del hacha pierda filo.

Hay en el poemario una frustración por un deseo vital truncado, un proyecto que se perdió a medio camino y es otro desencuentro amoroso que también tiñe de pesimismo estos poemas, siempre poetizado a partir de la flora: “Una vida sin ensayar/ donde se improvisa todo/ incluso el silencio (…) comprendiendo que nunca dejaremos de estar solos// como estas buganvillas/ arrancadas de tallo/ sin que nadie las reclame para sí. (…) es el largo inicio de la incomodidad/ manos que se entrelazan/ una boca busca a la otra/ todos los deseos ahogados en su propia saliva”.

Roberto Oropeza logra un buen resultado con su obra “Nervadura”: u poemario con voz literaria propia y definida, con muy acertado uso de imágenes poéticas- de potencia semántica, intensas y muy expresivas-, conservando no obstante un temple anímico en sus versos sereno y nostálgico, mediante una concentración verbal que conserva la sutileza en la enunciación.

Mérito también para Vísceras Editorial, que amplía su catálogo con esta publicación. A las plaquettes de poesía escrita por mujeres- con autoras tan interesantes como Teresa Wilms Montt, Emily Dickinson y Emily Brontë– de la Colección Sin Llave, suman el trabajo editorial de poesía latinoamericana contemporánea con los títulos de la Colección Callejones– que se inició con el poemario del chileno Víctor Hugo Ortega– y que en este caso aporta interesante poesía boliviana al difícil escenario de circulación de literatura de la región latinoamericana en Chile.


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