Hacer amigos en la adultez

Hacer amigos en la adultez tiene el desafío adicional de superar los propios prejuicios.

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Hacer amigos en la adultez
Viajando también se pueden forjar lazos, a veces gratamente inesperados.

No es un misterio que hacer amigos en la adultez es más difícil. Cuando uno es niño, cualquier excusa es válida para interactuar y tener complicidad inmediata con otros niños. Desde “¡Mira, una lagartija!”, hasta el simple “Hola, ¿puedo jugar contigo?”, sin ninguna consideración de raza, gustos musicales, ideología, tendencia, u otros intereses, más allá de la preferencia por cierto dinosaurio.

Luego, en la época escolar, los niños y adolescentes encerrados en aquellos salones tienen intereses en común que favorecen la generación de lazos: combatir el aburrimiento, esperar el recreo, hacer deportes, e incluso hasta estudiar para algo. También, compartir el mismo espacio físico, y pasar gran parte del día en él, son condiciones materiales que también estimulan la formación de amistades. Algunas de ellas pueden durar para toda la vida. En esta etapa, aun se pueden hacer amigos con intereses muy diversos a los propios.

La universidad es similar, pero se tienen más prejuicios formados, y una mayor tendencia a buscar “gente como uno” para hacer sus amistades. Y aquí se desata ya el carnaval de las etiquetas, que usamos para simplificar a la gente y sentirnos como que entendemos algo. Basta poco tiempo para clasificar a alguien como “ñoño”, “cuico”, “ultrón”, “drogo”, “reventado”, “pasta base” y otro sinnúmero de generalizaciones que operan como profecías autocumplidas, pues luego estas personas efectivamente se amistan entre ellas. Aquí también pueden forjarse lazos de larga duración en la vida.

Finalmente, el trabajo es como una extensión de la universidad. Como en ésta, toda la gente comparte al menos un interés general en el área de desempeño, pero suele no ser demasiado relevante en términos de amistar a la gente. Si surge alguna amistad, por lo general será fuera del horario laboral, catalizada por la ingesta de alcohol inducida por el estrés común.

Los amigos del viaje

Viajando con más de 30 años, sufro los efectos de estas leyes sociales no escritas. Es difícil hacer amigos en la adultez, pero al viajar solo y ser un mamífero social, uno necesita de alguien con quien tomar algo, conversar, jugar a las cartas, ir a la playa, en fin, disfrutar de la compañía humana. A veces uno encuentra gente con la que uno calza perfectamente, y se forman lindas amistades.

Pero otras veces, como la oferta de gente no es infinita, uno vuelve a las cándidas prácticas de la niñez. Así, se es nuevamente capaz de amistarse con personas con las que probablemente uno no se relacionaría si uno estuviera en su vida normal y rutinaria en la ciudad. Consideraciones como que una persona “es muy cuica”, “habla mucho”, o “es medio weón”, ceden ante el poderoso contraargumento “es esto o nada”.

Quizá yo soy muy prejuicioso, y simplemente estoy haciendo una apología de mi propia maña, pero este fenómeno ha resultado muy positivo. Al sobrepasar la barrera de los prejuicios, es posible apreciar la riqueza de las diferencias entre las personas, y que de cada una se puede aprender algo, por más prosaico o frívolo que sea.

De gente con la que no me juntaría normalmente he aprendido, por ejemplo, a surfear, recetas de cocina, a hacer nudos, a tocar alguna canción, a apreciar a quienes creen en el zodíaco. No porque la posición arbitraria de los astros al momento del nacimiento determine en forma alguna la personalidad del que nace, sino simplemente porque es un sistema cuyo mensaje es: las personas son distintas, y pueden pensar, reaccionar, y ser sensibles a cosas de forma diferente a uno. La empatía no es “ponerme a mí en el lugar del otro”, sino entender al otro en su propio lugar.

De la necesidad siempre se puede aprender, y he aprendido cosas de la necesidad de hacer amigos en la adultez.