
Llega el verano y, con él, la oportunidad de disfrutar del tan esperado descanso familiar. Sin embargo, para muchos padres, esta época trae un desafío adicional: lidiar con la noticia de que sus hijos adolescentes prefieren quedarse en casa o hacer planes con amigos en lugar de unirse a las vacaciones familiares. Aunque este planteo puede resultar difícil de aceptar, los especialistas coinciden en que es una etapa natural del crecimiento, vinculada al deseo de independencia y búsqueda de autonomía. “Tarde o temprano llega el temido: ‘Mamá, papá: este año no quiero ir con ustedes’. Y aunque duela escucharlo, es completamente normal”, señaló Florencia Alfie, licenciada en Psicología y egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA). “Forma parte del crecimiento y desarrollo de nuestros hijos, debemos tomarlo como algo personal”, agregó la experta.
Por otra parte, Agustín Orozco, licenciado en Servicio de Psiquiatría en Fleni, indicó que es esperable que en las etapas de adolescencia más cercanas a los 17, 18 y 19 años haya planteos relacionados con la familia, queriendo, en la mayoría de los casos, comenzar a tener experiencias con grupos de pares y pivotear entre amigos. “Quizás si el motivo pasa por temas de aislamiento, exposición social o conflictos. Ahí es importante indagar lo que subyace, ya que no corresponde solamente querer vacacionar”, completó.
Los expertos subrayan que el problema suele surgir porque hay una discrepancia sobre el concepto de ocio entre padres e hijos. Mientras que los primeros buscan descansar, los adolescentes suelen precisar acción y “adrenalina”. “Las actividades relajadas como leer o dormir son preferidas por los padres, mientras que los adolescentes buscan dinámicas emocionantes como deportes o salir con amigos. Para ellos, socializar es una prioridad mayor que estar con la familia”, describió Alfie. “Durante esta etapa, los jóvenes empiezan a mostrar su autonomía, lo que se traduce en pasar menos tiempo con la familia. Sabemos que en este momento evolutivo, el grupo de amigos es vital, y eso hace que el adolescente prefiera estar donde están sus amigos, sin perderse nada (en sus propias palabras: ‘me da FOMO’), aun cuando la decisión implique renunciar a un plan familiar en un destino atractivo”, explicó.
La sigla FOMO proviene de la expresión en inglés Fear of Missing Out (“temor a quedarse afuera”). Este miedo a “quedarse afuera” está relacionado con salidas, eventos sociales y relaciones. A medida que crecen, los gustos y pasatiempos de los adolescentes difieren de los de la familia, lo que lleva a una desconexión respecto a las actividades que les resultan atractivas. “La adolescencia viene acompañada de cambios hormonales y emocionales. Esto hace que se sientan cómodos en entornos donde pueden expresarse con otros que pasan por las mismas cosas, sin supervisión parental”, manifestó Alfie. “Quieren sentirse independientes, tomar decisiones por sí mismos, lo que incluye elegir cómo y con quién pasan su tiempo. ¿Y qué mejor que experimentar esto en verano?”, preguntó la psicóloga.
El término “adolescencia” proviene del latín adolescere, que significa “crecer” o “desarrollarse”. “Esta transición de la niñez a la adultez está marcada por cambios biológicos y psicológicos dentro del marco cultural único de cada persona. Es pertinente aclarar que estas transiciones son subtransiciones, desde los 14 hasta los 18 años. Sus intereses y deseos son diferentes y retroalimentan la dinámica que se desarrolla”, destacó el psicólogo.
El psicólogo también mencionó que “los ritmos de los adolescentes son rápidos, veloces y a veces desconcertantes, y son distintos a los de los adultos. Los cerebros y mentes cambian, así como sus cuerpos”. A veces, “se comportan como ‘osos’ invernando o vampiros nocturnos, con energía dirigida hacia actividades que parecen cansinas, lentas o letárgicas en comparación con los pedidos cotidianos”. Añadió: “Es muy frecuente escuchar a los papás decir: ‘hace dos años era colaborador y ahora termina de cenar y se va a su cuarto’”, y hay muchos ejemplos de esto. En tiempos de nativos digitales, la actualidad está condicionada por pantallas y redes sociales, que estimulan, comunican y ayudan, pero también generan dudas e incluso acoso, advirtió el psicólogo.
Las rutinas y hábitos de los padres son importantes. “Es clave planificar unas vacaciones exitosas, buscando un equilibrio juntos, así como el espacio personal, privado e íntimo que uno necesita”. También es común que los horarios resulten incompatibles, ya que los adolescentes tienden a ser noctámbulos: “Están despiertos hasta altas horas de la noche y duermen toda la mañana, incluso hasta pasado el mediodía, lo que puede chocar e interferir con los planes diurnos de los padres”. “Recordemos que en la noche, ellos duermen, encuentran intimidad, silencio y privacidad, y salen de sus ‘cuevas-bunkers’ en sus habitaciones, ganando metros cuadrados”.
Según los expertos, esto se pone de manifiesto en largas sesiones de chat, partidas de Play Station, maratones de series y películas, y listas de reproducción musicales. “No olvidemos que hay un determinado aspecto biológico en la adolescencia, ya que los ritmos circadianos están alterados, y la melatonina (hormona fundamental para la inducción del sueño) se segrega más tarde en los adultos, lo que determina a qué hora se acuestan y levantan al día siguiente”, comentó. También se sumó que están conectados 24/7 a dispositivos móviles, lo que les lleva a preferir desconectarse en ciertos momentos.
Existen estudios que han concluido que, en todas partes del mundo, los adolescentes duermen menos horas que hace un siglo. Existen varias causas, y una nueva razón que contribuye a esta tendencia es el vamping, que se refiere a la práctica de estar despierto utilizando dispositivos electrónicos (celulares, tablets, computadoras, Play Station). Esta escena se repite en muchas familias, donde aún socializan a través de redes. Gran parte de la interacción sucede en el mundo virtual, y esta sobreexposición puede tener un impacto negativo, mostrando irritabilidad, fatiga y desconcentración en clases, así como bajas en el rendimiento académico.
Para las familias, es importante gestionar con antelación los problemas y complicaciones que pueden surgir durante el verano. “Es especial, no solo por los lugares, sino por la consolidación de los lazos en distintas etapas de nuestras vidas. Con que haya buena participación y planificación conjunta desde un lugar”, destacó. Es ideal que esta planificación no sea conflictiva: “Aprender a negociar en desacuerdos es lo mejor. Por ejemplo: Mar Azul o Villa Gesell, justo allí. ¿Qué mejor? Todos pueden disfrutar. No hay recetas, el diálogo, el respeto y la empatía son fundamentales. Cuanto más acuerdo haya, será una experiencia valiosa”, afirmó. Para lograrlo, recomendó: “Hablar abiertamente, escucharlo, tratar de empatizar con sus necesidades, presentarle opciones, involucrarlo en la planificación, armar un itinerario y, si es posible, invitar a un amigo”. También es importante tener en cuenta los días para fortalecer el vínculo familiar.